Miércoles 22 de Febrero de 2012
La Biblioteca Pública de la Casa de la Cultura en Cancún, invita a los niños de 6 a 13 años de edad para asistir a la Hora del Cuento el jueves 23 de febrero a las 5 de la tarde con el cuento “Ana y David” de la autoría de Marcy Rudo e ilustraciones de Carme Solé Vendrell.
Como es costumbre la bibliotecaria señora María Isabel Flota Medrano acompañada de la señora Gerónima López Gómez nos adelanta: “A Ana se le había deshinchado una rueda de la bicicleta. Su misión secreta de exploradora había fracasado, y sólo porque había dejado que su hermano mayor se saliese con la suya y le robara la bomba de aire para su propia bici.
Si él ganaba carreras ciclistas, ¿qué?: ahora necesitaba y no la tenía. Allí estaba, tirada en medio del bosque, lejos de casa y no había ayuda alguna a la vista. Y para colmo de males, por encima de su cabeza se cernían amenazadores grandes nubarrones negros. De un momento a otro iba a empezar a llover a cántaros.
Trató de echarle la culpa a su profesor de geografía, que había hablado a la clase de la existencia de unos antiguos dólmenes en el pueblo de lado. La existencia de huellas de una civilización primitiva tan cerca de casa había exaltado la imaginación de Ana, y estaba resuelta a encontrarlas.
Su buen amigo David le había pedido que le dejara acompañarla, pero Ana le dijo que necesitaba estar sola para concentrarse en descifrar los mensajes de los misteriosos pueblos que habían dejado tan gigantescos monumentos. David levantó sus oscuros ojos al cielo y se marchó bufando, sin ni siquiera esperarla después de clase para acompañarla a casa como era su costumbre.
No, sólo ella tenía la culpa, por tonta. Había conseguido que David se enfadara con ella, no lograría encontrar hoy los dólmenes, y había una larguísima caminata hasta casa…
Su bici era nuevecita y de un rojo brillante, a Ana le encantaba, pero en esos momentos estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, junto a la rueda deshinchada, y la mirada furiosa, pensado que más le valía.
Ponerse en camino antes de que empezase a llover.
Justo en aquel momento, a Ana le pareció oír un sonido familiar, pero no era posible… ¡y sin embargo lo era! ¡Criich! ¡Criich! ¡Reconocería! en cualquier parte el chirrido de la vieja bici de David! ¡Criich!¡Criich! A medida que se iba acercando el sonido la cara redonda y pecosa de Ana se iluminaba, y por fin saltó corriendo al medio del camino.
Aguzó la vista mirando al horizonte, y vio aparecer la espigada silueta de David, pedaleando calmosamente sobre su vieja y chirriante bicicleta.
¡Ana se prometió a si misma que nunca más volvería a burlarse de ella! -¡David! –gritó Ana toda feliz.
Corrió hacia él como una flor que se agitase al viento, con la roja y brillante cabellera rizada subiendo y bajando tras ella.-¿Has encontrado los dólmenes?
-preguntó él secamente cuando llegó Ana.- ¿Bromeas? Se me ha desenganchado la…”.
¿Les gustaría saber que aventuras vivirán?
Vengan este jueves y descúbranlo en la Hora del Cuento.
La entrada es libre.
Como es costumbre la bibliotecaria señora María Isabel Flota Medrano acompañada de la señora Gerónima López Gómez nos adelanta: “A Ana se le había deshinchado una rueda de la bicicleta. Su misión secreta de exploradora había fracasado, y sólo porque había dejado que su hermano mayor se saliese con la suya y le robara la bomba de aire para su propia bici.
Si él ganaba carreras ciclistas, ¿qué?: ahora necesitaba y no la tenía. Allí estaba, tirada en medio del bosque, lejos de casa y no había ayuda alguna a la vista. Y para colmo de males, por encima de su cabeza se cernían amenazadores grandes nubarrones negros. De un momento a otro iba a empezar a llover a cántaros.
Trató de echarle la culpa a su profesor de geografía, que había hablado a la clase de la existencia de unos antiguos dólmenes en el pueblo de lado. La existencia de huellas de una civilización primitiva tan cerca de casa había exaltado la imaginación de Ana, y estaba resuelta a encontrarlas.
Su buen amigo David le había pedido que le dejara acompañarla, pero Ana le dijo que necesitaba estar sola para concentrarse en descifrar los mensajes de los misteriosos pueblos que habían dejado tan gigantescos monumentos. David levantó sus oscuros ojos al cielo y se marchó bufando, sin ni siquiera esperarla después de clase para acompañarla a casa como era su costumbre.
No, sólo ella tenía la culpa, por tonta. Había conseguido que David se enfadara con ella, no lograría encontrar hoy los dólmenes, y había una larguísima caminata hasta casa…
Su bici era nuevecita y de un rojo brillante, a Ana le encantaba, pero en esos momentos estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, junto a la rueda deshinchada, y la mirada furiosa, pensado que más le valía.
Ponerse en camino antes de que empezase a llover.
Justo en aquel momento, a Ana le pareció oír un sonido familiar, pero no era posible… ¡y sin embargo lo era! ¡Criich! ¡Criich! ¡Reconocería! en cualquier parte el chirrido de la vieja bici de David! ¡Criich!¡Criich! A medida que se iba acercando el sonido la cara redonda y pecosa de Ana se iluminaba, y por fin saltó corriendo al medio del camino.
Aguzó la vista mirando al horizonte, y vio aparecer la espigada silueta de David, pedaleando calmosamente sobre su vieja y chirriante bicicleta.
¡Ana se prometió a si misma que nunca más volvería a burlarse de ella! -¡David! –gritó Ana toda feliz.
Corrió hacia él como una flor que se agitase al viento, con la roja y brillante cabellera rizada subiendo y bajando tras ella.-¿Has encontrado los dólmenes?
-preguntó él secamente cuando llegó Ana.- ¿Bromeas? Se me ha desenganchado la…”.
¿Les gustaría saber que aventuras vivirán?
Vengan este jueves y descúbranlo en la Hora del Cuento.
La entrada es libre.




















